Es invierno, y avanzando entre la tiniebla de la última noche, vuelvo a mi hogar.
A mi casa, donde el tiempo se detiene al calor del fuego de la chimenea.
Es invierno y un inmenso manto blanco cubre los campos, antaño verdes. No hay belleza
posible. La tierra ha cerrado sus frutos y la soledad lo abraza todo. Con el
cuerpo aterido y el corazón helado, camino de vuelta a casa, donde Dios es
conmigo y me espera preparando la lumbre para quitarme el frío de los huesos.
Se que me recibirá su abrazo más cálido, abrazo sanador que limpiará al
instante el dolor de la ausencia.
